iznaritz

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Raquel C. Arcos (Santander, 1978)

Cuando una persona convierte su escritura en una manía persecutoria, una obsesión, los alemanes la denominan «furor scribendi» (escribir sin pausa, sin medida…)

En otoño de 2015, un grupo de blogueros y yo autopublicamos un libro de once relatos en los que rendíamos homenaje a las librerías, libreros, libros y lectores. Publiqué mi relato bajo seudónimo: Rebeca C. Garin. Mi historia, denominada de género negro, se titulaba Nicte (que significa Noche).

Siempre cuido mucho lo que escribo: cada falta, cada error, cada fallo que cometo me atormenta. Si alguna vez lees algo escrito por mí y detectas una falta ortográfica o un error gramatical, por favor, házmelo saber. Lo agradeceré y lo corregiré de inmediato.

Antes de la era digital escribía y dibujaba casi sobre cualquier soporte, sobre todo en papel. Escribía fundamentalmente poesía (mediocre, claro) y relatos «de medio pelo» (algunos de los cuales se convirtieron en aventuras conversacionales cuando me inicié en el mundo virtual). En 2012 me abrí un blog: «nördlich», que significa «del norte»; en 2014, creé «iznaritz».

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[ EICHENLAUB ]

Los relatos de la ficticia aldea de iznaritz se desarrollan en un escenario con apariencia de realidad. Sin embargo, las canciones infantiles y los personajes que se mencionan en ellos son productos de ficción. Eichenlaub significa «hoja de roble». La villa de Lumbier y El pantano de Yesa, en el Paso del Oso, existen; están situados en la Sierra de Leyre, pero no poseen ninguna aldea o comarca llamada iznaritz.

EICHENLAUB no es un relato a medio terminar, es un relato inconcluso. Se creó para ser así.

I. DESPROTEGIDO

Al bosque he llegado, ya nunca me volveré a ir / Al bosque nevado, con el viento frente a mí / Al silbido de su aviso una vez respondí / Si vuelvo a perderme… ¡sopla, viento, sopla!, …hasta que te pueda oír (Canción infantil)

iznaritz, en la villa de Lumbier (Sierra de Leyre, Navarra) – Noche del 3 de enero de 1977

Regreso a tientas por el largo pasillo que conduce a mi cuarto. Tengo catorce años y me llamo Noëlle, pero todos me llaman Agoitia, salvo mi padre. Un hilo de luz sobresale por debajo de la puerta de su despacho. Sujeto el pomo, decidida a preguntarle si mañana habrá que madrugar, aunque sea domingo. Los domingos, si hay suerte, vamos a la librería de viejo.

En la oscuridad, se oye el teléfono que suena como un molesto despertador, siempre a destiempo. Aguanto la respiración un momento. Mi padre descuelga y su voz se escucha fuerte, sonora. Suelto despacio el aire y me agacho para verlo a través de la cerradura. Si interrumpo ahora me mandará a la cama y no podré convencerlo de que me lleve a la ciudad mañana.

La luz es demasiado tenue. Ilumina a medias su rostro y apenas distingo su figura, ahora de pie, junto a la ventana. Intento encontrar el ángulo que me permita visualizar mejor la escena, pero la madera, bajo mis pies, cruje. Apenas dos segundos. No, no — pienso — . Cierro los ojos y vuelvo a contener la respiración. Sigue un silencio espantoso que no cesa. Un segundo más…

— ¡Noëlle, a dormir, que ya es hora!

Su voz invade mis oídos. El corazón se me acelera y suelto el aire, esta vez con un soplido que denota todo mi fastidio.

— ¡Papá…!

— ¡Ahora no, Noëlle! ¡Ve a la cama!

— Sí, papá. Voy…

Desisto. Se trata de Amaya, lo sé. Si no, me habría dejado entrar…  Un libro cualquiera que trate del mar, eso le gustará — pienso — .

Mientras camino despacio hacia mi cuarto, suena el timbre de la puerta…

Papá no lo escucha. Giro sobre mis pasos. Tal vez debería avisarle, pero no hará caso. Voy a mi cuarto. Ya se dará cuenta — me digo — . Volverán a llamar.

Un extraño silbido se escucha afuera. Se confunde con el viento. No lo doy importancia, sí, será el viento. Vuelve a escucharse, esta vez con más fuerza. Me acerco a la ventana y veo a un hombre correr hacia el matorral de la entrada. Se agacha y una mano asoma haciendo una señal que no alcanzo a comprender. Se me hiela la sangre. No acierto a emitir sonido alguno. Decido volver por el pasillo para avisar a mi padre… Se va la luz.

Mi padre calla por un instante. Ahora el silbido se oye con perfecta claridad. Escucho a mi padre, de nuevo, a lo lejos, en su despacho. Me llama, pero no acudo. No puedo moverme. No sé qué debo hacer, la obscuridad me da miedo. Me pego a la pared.

Papá vendrá, papá encenderá la luz… — repito, mientras miro hacia mi cuarto, agazapada en un rincón desde el cual diviso un brillo, apenas imperceptible, proveniente de la ventana — . Hoy hay luna llena.

Escucho a mi padre más cerca. Ha salido al pasillo. Me llama en bajo.

Aquí — respondo — . Pero un golpe en la puerta de la entrada enmudece por completo mi respuesta.

Noëlle, escóndete… corre, corre  — susurra mi padre, consciente de que estoy en el pasillo. Me ha oído —.

¡Hazlo! — insiste, antes de que pueda responder nada — . Corro sin pensar. Me meto en mi cuarto.

*****

El cristal de la ventana se hizo añicos. El frío entró más rápido que la figura de aquel hombre. Su cuerpo ágil saltó sobre la madera y unos segundos después se perdió por el pasillo. No me vio, estaba acurrucada como un animalillo que busca el calor entre las hojas, entre las cortinas, desprotegido. Cogí mi abrigo. Escuché a mi padre discutir, gritar en el pasillo. Escuché golpes en la pared, en el suelo. El sonido de su escopeta envolvió el aire. Me asusté tanto que salté por la ventana, al exterior de la casa. Tropecé y sentí cómo me abrazaba la nieve. Gemí, inconsciente. Al percatarme de la estupidez que había cometido, corrí hacia el cobertizo, temerosa de que alguien me hubiese escuchado. ¿Los habría alertado, cuántos eran, quiénes, qué querían, por qué…?

La puerta estaba cerrada. Corrí, corrí desesperada hacia el bosque, por el sendero de Lumbier.

[Nota] La canción infantil, así como el relato y sus personajes, son productos de ficción. La villa de Lumbier, en la Sierra de Leyre, existe, pero no hay en ella ningún lugar llamado iznaritz.

II. EL SENDERO DE LUMBIER

Sobre el cielo de iznaritz se inclina la luna / Al invierno su manto cubre de noche / Guía mis sueños su luz que no cesa / Suelta mi mano por el sendero de Lumbier (Canción infantil)

Pasa el tiempo, siempre pasa, y a cada instante, cada minuto cuenta. Cada momento se agota en el papel, esclavo de un tintero que, letra a letra, se desangra. Lo hace deprisa, con ganas, adelantándose al reloj, en un frenético afán por saciar la hoja. Y entonces asumes, un día cualquiera, que no está cerca, que se ha marchado, que ahora nieva… y dejas de correr.

Ya no está, el tiempo se ha ido, el cuerpo pesa…

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que salí?

Quiero volver, retroceder sobre mis pasos… pero es tarde. He perseguido al tiempo y éste ha vencido. Me detengo, será sólo un rato. Alzo la mirada y me sonríe la Luna, la acompaña su séquito de estrellas. Ilumina un sendero lleno de robles que colman de paz la inhóspita noche. A la orilla de un pantano que apenas me sostiene, mis pasos inseguros perciben la fragilidad del suelo que pisan. La fina capa de hielo que lo cubre se resquebraja bajo mis pies… ¡Corre, corre…!, grito al tiempo que avanzo. Ha sido sólo un segundo pero se ha helado mi sangre, no siento ya los latidos bajo el abrigo. Detenerse ha sido una mala idea; si uno para, alcanza a la muerte, así que… ¡corre, corre…! ¡no pares, corre!

Continuar cuando uno está exhausto y todos los músculos le piden que pare…

Tu mirada se pierde ahora entre los árboles, se ha oscurecido en el interior de tus párpados y te habría gustado, quizá, llevarte el recuerdo de alguna bella imagen o de aquella frase que leíste hace unos días, que has olvidado, que era importante, que ya no está. Se marchó, no lo supo el mundo…

Se van los segundos, se van… y los vemos marchar, con paso lento, hundiéndose en la nieve, arrastrando los cordones… ¿Dónde quedaron los nudos que al desatarse llevaban a la libertad…?

Cierro los ojos a la noche nevada… Se van los segundos, se van… y son sus cordones lágrimas secas, surcando la nieve…

Abro de nuevo los ojos y contemplo el sendero que lleva hacia Lumbier. ¡Oh, jamás alcanzaré a llegar a mi destino! ¡Me perderé en el bosque y hallarán mi cuerpo petrificado! Será arrebatado entonces de mi bolsillo ese pedazo de tiempo que no encaja, y lo harán llegar al mundo. La aguja señalará un número y éste se moldeará dos veces cien, miles de veces. Sonará en punto, encerrado en un reloj de cuerda que ya nadie colgará de nuevo en lugar alguno. Mi tiempo lo guardará otro y allí quedará, insignificante, mi yo, para el recuerdo. Seré tiempo, sólo un fragmento roto en un reloj, dentro de un bolsillo sordo.

La memoria nadará en esta orilla del pantano, nadará conmigo. El tiempo, en cambio, volará a ras de suelo, en vuelo partido, se mantendrá inmóvil, pensará conmigo. Hará historia sin mí, sin nosotros, se irá contigo…

Lo abandona todo y sufre porque no regresa, así es el tiempo. Permite su compañía y, antes de ser aniquilado por el hombre que lo acompaña, le arrebata cuanto posee. Tiene poder porque nace y porque mata, porque renace, desaparece, se ausenta sin querer y… existe en los cuentos, en el interior de los libros cuando presume, ríe, corre, vuela y nada; cuando el hombre, sin pensar, le da vida, le da caza… le enferma entre una frase más y una farsa más nueva…

Pienso en Oianko. Me habría gustado regalarle ese libro acerca del mar. Si hubiera estado conmigo habríamos hecho una hoguera y quemado, al fin, toda esta parte de cielo…

El mundo es nuestro hoy  — me engaño — . Sólo esta noche, la historia es nuestra. Y no podrá el tiempo llevárselo todo, por más que corra… por más que vuele… ya hemos grabado en los robles nuestra impronta y, aunque los muertos no vuelven y el pasado no regresa, se puede hacer realidad todo sueño sin necesidad de velas… Despidámonos del ayer, dejémonos de adioses infelices.

*****

Por fin hemos llegado al final del sendero, suena la música. Se divisa a lo lejos, algo más adelante, un grupo de gente. Se acercan, curiosos. Observan al caminante, apenas un muchacho. No, es una chica. Éste es mi hogar ahora. Toca dedicar al tiempo un verso más.

[Nota al capítulo II] La canción infantil, así como el relato y sus personajes, son productos de ficción. El sendero de Lumbier, en la Sierra del Leyre existe, pero no posee ninguna aldea o comarca llamada iznaritz.

III. INTOCABLE

Una roca es una roca, aunque se encuentre frente al abismo y una ráfaga de viento intente precipitarla por él. La cima de los perversos la llaman, trono de conquistadores, pero el espacio donde caen, donde mueren empujados por el aire los que fueron malditos… es un lugar donde no osa perderse nadie… donde el mal lo representa sólo uno y puede hacer uso de todo cuanto existe, porque nada es imposible…

El pantano de Yesa, en el Paso del Oso (Sierra de Leyre, Navarra) – Anocheciendo. Lunes 5 de Enero de 2015

Se acerca el día definitivo y mi marcha no será llorada por nadie… Bueno, quizá sí. He decidido dar fin a mi huida. La escopeta de mi padre, aquel último disparo efectuado a pocos metros de mi cuarto, todavía me quita horas de sueño cada maldita noche. Sus verdugos debieron escapar hace ya mucho tiempo, pero aún me pregunto quiénes eran y por qué le dieron muerte. Apenas era una niña, apenas recuerdo quién soy ahora. Pero recuerdo aquella noche, sí. La recordaré siempre. Vuelvo a un hogar que ya no me pertenece.

Recuerdo bien el tacto de la nieve. No podré olvidarlo. Quería hacerle un regalo a alguien. No fue posible. Nada es posible ya, en mitad de la niebla.

No recuerdo su imagen, me viene a la memoria una sonrisa que apenas acierto a distinguir en un rostro que se desvanece por momentos, siempre, cada vez, y otra más… Y, sin embargo, me esfuerzo, trato de enfocarlo en ese cuadro que se asoma cada día al abismo de mi mente. Su recuerdo no está, se ha ido, cayó en el olvido para perderse siempre. Intocable, como un rayo en la tormenta. Dejó el sonido de su risa, de sus preguntas, de una de sus canciones. Su voz guió mis pasos, rescatándome y me ha traído de vuelta hoy, al mismo paraje. Miro al cielo y allí está, iluminando mi noche. En este bosque de tinieblas, la Luna ilumina el sendero de vuelta a iznaritz.

Anduve sin descanso por los humedales, las hojas mojadas de llantos y llantos resbalaron sin cesar, por mi capucha, manchando mi piel durante toda la noche. Pensé en mi padre. ¿Sus batallas cuáles fueron? Acaso ganadas, quizá perdidas… Otro valeroso guerrero cuyas gestas no fueron narradas por nadie. El camino es largo y el tiempo oscurece. Te recordaré por última vez, tus palabras serán mías al final de este sendero y los días en los confines de iznaritz se borrarán para siempre, lo prometo. Ya no le pertenecerán jamás a nadie. Aquel mundo que una vez conocí, que habitaba en mi padre, en mí, se evaporará en el aire. Silbará el viento, susurrará su nombre, lo hará a mi lado y no sé si esta roca que a veces llevo incrustada en el pecho y otras pulverizada en el bolsillo, se precipitará hacia el abismo, rompiendo en más pedazos aún el recuerdo de su imagen… Y aquí, donde viene a morir el río que baja de las tierras de Leyre, termina el trayecto. Pasaré aquí el resto de la noche. Amanecerá pronto, aunque en esta época la niebla apenas permite al Sol iluminar un poco el camino. Haré una pequeña hoguera y dormiré un poco después de comer algo. Tal vez logre sobrevivir, tal vez aún no lo haya conseguido.

Sentí una sacudida. Todo estaba oscuro. Ya no estaba en el bosque. Pero, ¿dónde, dónde? Era una especie de cajón. Apoyé las yemas de la mano con cuidado y palpé la madera. El suelo estaba mullido, parecía lleno de hojas. Podía moverme pero no podía ver nada. Escuchaba su voz, no sabía lo que decía. Hablaba en otra lengua: eichenlaub… eichenlaub. Escuché un disparo. Eso fue todo lo que escuché antes de desvanecerme.

[Nota al capítulo III] El relato y sus personajes, son productos de ficción. El pantano de Yesa, en el Paso del Oso, situado en la Sierra de Leyre existe, pero no posee ninguna aldea o comarca llamada iznaritz.